— Con el suelo limpio y los cimientos rotos. La niña que no sabía utilizar las comas. ¡Qué barbarie, querido!
— ¿Y todo se termina así? Lo que la corriente acababa de llevarse. — dijo pensativo.
— ¿Un café, mi querido delfín? Pues a veces sí, es que todo termina así. — La señora Ola le invitó a una tacita.
— Qué humeante. ¿Sabe usted? Me recuerda a los corales, de donde salen burbujitas sin cesar — ríe — afortunadamente soy una ballena y no voy tan allá.
— Perdona que no te oiga, ando un poco teniente. Teniente de cuentas con la marea, querido. ¡Que si Oceanía, que si Europa del Norte! Pues vete tú a saber donde quieren que termine.
— ¡Exacto! — El querido delfín dio la voltereta hacia un lado — Terminar. Usted termina siendo orilla.
— Pues por supuesto que sí, ese es mi cielo.
— ¿Qué? ¿Y que te chapotee un niño? — se sorprendió.
— Que me chapotee un niño. — afirmó con tanta brusquedad que derramó la tacita.
— Vaya, señora. Me abruma. ¡Yo odio a los niños!
— Pues fíjate tú, que ellos odian a los delfines.
— Es usted la mar de salada. — y se aleja el delfín diciendo adiós a chorros.
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